Críticas

L’opera di Bruno Sfeir si dipana in atmosfere di armonia compositiva e tonale. I suoi colori, prevalentemente caldi e mai troppo accesi, fanno emergere racconti di spiritualità. Con essi l’artista fa un viaggio d’introspezione alla ricerca dell’Io, soffermandosi nella meditazione e ripercorrendo i ricordi o i sogni che l’hanno accompagnato da sempre. Il suo è un cammino della memoria che lo porta a rincontrare paesaggi già conosciuti e a rivedere scene immutate nel tempo e investite da una metafisica che quasi dona la serenità ricercata ed evidenziata da cromie che appaiono velate da una malinconia antica. Ammorbidite da coinvolgenti incroci di tratti di pastello, che ne smussano gli spigoli, le geometrie si sviluppano fra il reale e l’inconscio dando un senso di nostalgia e di desiderio di ritorno nei luoghi del ricordo. Nelle sue opere l’Oriente si affaccia mostrando atmosfere che ne fanno intuire i ritmi, i profumi e un profondo turbamento dell’anima. Panorami dello spirito ci conducono alla sorgente delle sensazioni dell’artista che, con la sua pittura, si avvia nei misteriosi viali e nelle strutture dei palazzi delle inconsce solitudini dove dialogano i verdi spirituali e l’ascetismo d’antichi sacerdoti. Si ritrovano le architetture, della fede immutata nel tempo, che si rigenerano in climi di profondi sentimenti e poetici ideali positivi. Gli archi del sogno si moltiplicano sino al verdeggiante paesaggio dell’arcobaleno di speranza che illumina il dischiudersi del rosseggiante bozzolo di madre senza volto e senza tempo, ma con tutto il mistero del suo essere donna. Le ombre si fanno più intense e le prigioni dell’essere innalzano mura che interrompono la visuale di nuovi orizzonti chiusi in un abbraccio e in una culla che attende d’essere occupata. Al di là l’idea di un viaggio mostra nello sfondo un piccolo rifugio diventato approdo del cammino interiore che porta ai riflessi dell’inverno.

Supportando il suo stato emozionale con una profonda riflessione sulle esperienze di vita, l’artista dipinge i momenti della sua interiorità esaltando le forme e gli spazi con le cromie del ricordo e rendendo i paesaggi con opere che ci conducono, metaforicamente, a paesi di grande fascino e significato.

Federica Murgia

Ottobre 2015


El universo en estado Alfa

JACOB KLINTOWITZ

Por un momento nos encontramos incapaces de distinguir entre el material del que está hecha la mujer y el material que compone las esferas que se ven en el paisaje. Mundos sobrepuestos en el mítico escenario, carentes de ciertos signos convencionales.
Aquí y allá, cuando los ojos alcanzan el escenario, los senos y el rostro revelan a una mujer. Pero ¿qué clase de mujer es esta, formada de materia estelar?
La pintura de Bruno Sfeir se caracteriza por su alta precisión. Los signos determinantes iluminan las imágenes con claridad; el cromatismo es un esquema delicado, que une los sujetos en escenas de un ocupado rectángulo, en el que se observa, además de la apariencia, una composición de extraña certeza.
Y este acercamiento científico sobre sus trabajos es exactamente lo que acentúa la originalidad de las imágenes creadas por el artista, su particularidad y la permanente sensación de incógnito.
Una mirada de iconografía muy peculiar que se revela y sorprende a cada paso.
Es posible que esta mujer haya sido hecha —más que de polvo cósmico— de sueños.
Las pinturas de Sfeir alteran los límites de la comprensión convencional y en ellas vivimos en lo onírico, en la poética innovadora de entrelazar la lógica y la invención de nuevas relaciones.
Paisajes, objetos y seres componiendo combinaciones inesperadas. Incluso, para Bruno Sfeir son intrigantes y le muestran algo nuevo de sí mismo.
Paisajes, escenas míticas, escenarios imaginarios, fragmentos inmemoriales de luces abruptas. Tal vez un autorretrato del propio artista cuando aún era joven.
¿Resultados instigadores para el propio artista?
En este caso, siendo él mismo el primer espectador.
Hay una clara distancia entre el artista en el acto creativo y el artista contemplativo.
La observación de la obra requiere agudeza y desprendimiento de la misma, una habilidad para eliminar partes del lenguaje propio del artista.
Quien contempla es semejante pero, a la vez, diferente del pintor. Cuando crea, el artista despierta, se vuelve más integrado y receptivo.
Desde la evidente experiencia biográfica de nuestro tiempo llega la fácil conclusión de que el artista es superior al hombre.
Bruno Sfeir se mueve por descubrimientos. Esto es lo que lo motiva. Su arte trae a la conciencia, promueve la existencia, organiza concretamente y hace visible lo que antes era presentido.
En este caso, la intuición está tan presente que preside el movimiento, orienta al pintor en su permanente esfuerzo para dar a luz lo oculto dentro de sí mismo. Es la razón de la intensa producción pictórica de Sfeir, esta sucesión de imágenes y escenarios peculiares. Y la intuición domina tanto la invención de sus cuadros que es su propio combustible.
La realidad del arte es inferior comparada con la intuición y es un esfuerzo para hacer esos dos actos en el mundo —la apariencia concreta de la forma y la intuición premonitoria de la forma— idénticos al estímulo fundamental de Bruno Sfeir y de todos los verdaderos artistas.
Sfeir lo hace visible pero no inteligible.
Es, sin embargo, una narración del amanecer del espíritu.
No se piense que el proceso de este artista es el de asociación de imágenes. Lejos de esto, se trata de un proceso de elaboración cultivada y de acción introspectiva. No estamos ante una escritura automática o ante una asociación significativa de imágenes, sino más bien ante un método de creación en el que el artista quita los obstáculos de su percepción y hace contacto con la emergencia de las imágenes, mientras conserva el control sobre su actividad.
Son las relaciones tipo diálogo, esa difícil cohabitación entre disponibilidad y conocimiento adquirido: uno de los méritos del artista.
Es claro que la pintura de Bruno Sfeir está inserta en el surrealismo. Pero a la vez que una fuerte manifestación del inconsciente acerca su obra a este movimiento artístico, también escapa de este, pues su camino es personal y diferenciado. En general, sería sólo el encuentro de vértices irracionales. En particular, una iconografía única, la construcción de un grupo de imágenes personales.
Finalmente, luego de la instauración de una profunda psicología como un hecho diario, la normalización de conceptos del inconsciente individual, inconsciente colectivo, arquetipos de la historia comparada de religiones, de la mitología como un camino de la conciencia, prácticamente todas las manifestaciones artísticas utilizan, en la creación, materiales originados en el inconsciente y en civilizaciones pasadas.
Victorioso, el surrealismo se disolvió en el cuerpo de la cultura.
La verdadera familia artística de Bruno Sfeir es la de los artistas viajantes oficiales.
Son respetables aquellos que antes de la innovación de la fotografía instantánea acompañaron las expediciones científicas y registraron la fauna, la flora y la vida social.
Este arte desarrollado en registros ha dejado una formidable colección a la humanidad.
Thomas Ender, Johan-Moritz Rugendas, Albert Eckhout, Henry Chamberlain, entre tantos, son algunos ejemplos destacados.
Pero siempre he considerado más emocional la grabación autónoma de Oceanía hecha por Paul Gauguin. Y sobre todo, el registro de Leonardo da Vinci de las investigaciones que su propia curiosidad solía establecer.
Es de este origen que la nueva familia de artistas viajantes surge —aquellos que determinan su propia área de investigación.
Y ¿cuál sería el nuevo interés esencial del arte de nuestros días si no es el de la percepción viva, atenta y registrada de imágenes perdurables, y la ampliación de los límites que circundan el concepto de lo real?
El viaje es dentro de uno mismo. El arte es el diario del más formidable itinerario —el descubrimiento de uno mismo.
Atar lo más alto —el cielo— con lo más bajo —la tierra—. Dios y el hombre.
El artista es su propia área de investigación.
Pintar es, en este caso particular, limitar el universo dentro de un espacio determinado. El mundo es un rectángulo.
Hay un lugar más allá de nuestra comprensión, que es nuestro verdadero conocimiento, del cual es posible contemplar el universo como una unidad.
Esta es —de alguna manera— la verdadera función del arte.
Junto con y más allá de toda crónica posible de la vida diaria.
El universo en un estado Alfa.
Bruno Sfeir siente que tiene una melodía, de la que a veces se pueden ver algunos acordes. Esta es su música y la que siempre buscará.
Este repertorio tan personal se puede encontrar en nosotros, al menos en parte. Es lo que permite el reconocimiento. En caso de que esa música fuera enteramente desconocida, sería desconocida para siempre.


Bruno Sfeir en la UNESCO de Paris; un artista excepcional.

En el marco del año de aproximación de las culturas proclamado por la UNESCO para 2010, la Delegación del Libano y la Delegación del Uruguay ante la UNESCO han organizado una exposición excepcional, tema: “Subjetividad y Certeza”, del artista internacional líbano-uruguayo, Bruno Sfeir.
En presencia de numerosas personalidades oficiales, el presidente de la Conferencia general de la UNESCO, Sr. Davidson Hepburn, el embajador del Líbano ante la UNESCO, Sra. Sylvie Fadlallah, el encargado de negocios de la Delegación del Uruguay Sr. Santiago Wins, Bruno Sfeir expuso doce telas sin atribuirles títulos para que el espectador realice su propio viaje artístico con toda libertad.
Bruno Sfeir posee una enorme capacidad para conciliar la razón, la emoción y la intuición. Aún siendo muy riguroso, conserva y persigue la fuente y la finalidad de su búsqueda interior. En su forma exterior su pintura es abstracta y casi geométrica, pero introduce al espectador dentro de su universo interior.
Su obra es una verdadera invitación al viaje, una marcha a través de un prisma, un laberinto de símbolos y de claves que se mancomunan en perfecta armonía. El artista nos guía por un camino en el que no podremos perdernos, y al mismo tiempo nos hace entrar en la profundidad de sus perspectivas de varios niveles. Pone a nuestra disposición las aperturas y las salidas que propone a través de los símbolos del amor, de la muerte, de la resurrección, del arraigo y de la espiritualidad y del devenir.
Sus metamorfosis y sus metaforas no nos angustian ni son arbitrarias, pues al poner en escena la complejidad de la vida no constituyen una ruptura o un estallido, sino una serena disposicion. Es casi natural pasar de un espacio a otro sin extraviarse. Hay en su pintura un aspecto ludico que vivifica y una aspecto construido que tranquiliza. Al mismo tiempo que rinde cuentas de la interseccion geometrica de la racionalidad ( espacio/tiempo), su pintura esta habitada por relevos que iluminan y guían.Finalmente, el ajuste de las formas y de los colores opera por si mismo, pues su universo tiene valores esenciales de elevacion, de libertad, de trascendencia.
La pintura de Bruno Sfeir recuerda en algunos aspectos a la del gran maestro Rene Magritte, pero obedece totalmente a otra finalidad. Encontramos a menudo en las dos pinturas los mismos símbolos; el pájaro, la llave, la copa…Pero mientras esos objetos figuran en la pintura de Magritte ( según sus propias palabras) de modo caprichoso y arriesgado, en la pintura de Sfeir adquieren (a propósito) otra gravedad: su pintura es surrealista y espiritual al mismo tiempo, de ahí su singularidad y su originalidad. Bruno Sfeir une la modernidad con el imperativo del sentido; es un ejemplo contundente de diálogo entre culturas con una técnica abstracta occidental y una búsqueda interior barroca latinoamericana o mística oriental. Segun sus propias palabras su pintura es una pintura del “ investigador”, del “ Amigo”, del “ pregrino”, de la “Presencia”, de la “ sabiduria”, de la “paz”, de la “ luz”. La pintura de Sfeir está muy bien lograda y transmite mundos interiores que aparecen como una multitud de pistas, de alternativas, de elecciones. La pintura de Sfeir no es apremiante ni dogmática, pues al mismo tiempo que es disciplinada sugiere varios niveles de lectura que el visitante debe explorar por sí mismo. Su gran originalidad consiste en esta unión del descubrimiento con la familiaridad.
Bruno Sfeir está orgulloso de sus raices libanesas, como de su pertenencia uruguaya y de su apertura internacional. Su obra ilustra de modo brillante, el acercamiento de las culturas. Su exposición en la UNESCO de Paris ha sido un verdadero triunfo que merece ser compartido por todos los que asocian la patria de los cedros con la creatividad, la innovación, el rigor intelectual y conceptual y la espiritualidad.

Bahjat Rizk.

Bruno a unesco

La visión de un hombre libre
Año 2000-Crítica de arte en Uruguay.
La generosidad del artista
Diario Opción veintiuno. Año  2000